Señor
Juan Carlos Navarro: He leído con sorpresa su nota circular, por medio de la cual solicita que no le envíen más esos correos con polémicas, peleas o diferencias personales que bloquean y afectan su correo y que no van dirigidas directamente a su persona.
Aunque manifiesta su afecto por los copartidarios que participamos en esos intercambios de ideas, a veces ríspidos y en tono encendido, los califica"como diatribas destructivas" y advierte que ni usted ni sus adláteres participarán en ellos.
En realidad, aunque es la primera vez que leo uno de sus aportes intelectuales directos, he quedado sorprendido por el tono despectivo que deja traslucir, cuando es usted, apenas, un futuro precandidato, cuyo destino dependerá del votos de los miembros del Partido, todos con el mismo derecho al respeto que usted reclama.
Creo que su decisión, de no querer recibir estas notas con juicios políticos, desentona con su calidad de aspirante a la presidencia, que no debe perder la ocasión de escuchar la opinión de algunos sectores que, aunque le parecen minoritarios y fuera de orden, siguen siendo parte integral de ese Partido, que muchos de nosotros logramos forjar, el 11 de marzo, de 1979.
Un político como usted no puede darse el lujo de cerrar las vías de comunicación con suscopartidarios, aunque estos no sean afines a sus pretensiones. Allá, en su privacidad, ahora violada, ha podido tomar medidas más prudentes, como nombrar un personal apto que contestara su correspondencia; o podía haber creado otras direcciones de correo, y -¿por qué no?- responder, algunas veces, respetuosamente, claro está, esas palabras que usted, públicamente -raro en un político avezado- califica como "diatribas destructivas y calumniosas".
Usted no sabe y no tiene por qué saberlo -tal vez porque muy pocos lo saben o porque no tenía usted la edad para preocuparse por estas cosas o porque no estaba alineado con el proceso revolucionario- que el General Torrijos jamás dejó de dar respuesta a una nota o una carta que la gente humilde de las comunidades olvidadas le entregaban, en sus acostumbradas visitas. Usted puede suponer, con razón, que una persona tan ocupada como lo era él, no podía contestar la abundante -esa sí abundante- correspondencia recibida, algunas hechas en pedazos de papeles sucios,pedazos de cartuchos de papel o trozos de bordes de papel periódico
El General, un hombre inteligente, gentil y muy respetuoso de las personas, tenía varios equipos para esas labores. En la DIGEDECOM, uno formado por dos personas, dirigido por la laureada -hoy finada- profesora Gilma Noriega de Jurado y este servidor, teníamos la delicada misión de redactar las respuestas a algunas de esas humildes peticiones, las que, una vez revisadas y firmadas por el propio General, eran enviadas -siempre con respuestas positivas- a sus destinatarios.
Pero no le quito ni un minuto más de su precioso tiempo y tendré el cuidado especial de eliminar su nombre de cualquier mensaje que me plazca contestar. Aunque, no sé por qué, su petición se me parece a lo deseos de Martinelli de amordazar los mensajes de la Internet. Hasta luego.