Desde hace algún tiempo, nuestro Partido se encuentra inmerso en un proceso electoral, cansino e interminable. Después de un prólogo irregular, en el que las diferentes tendencias internas han ido alineando sus fuerzas, bajo la sombra de los respectivos gerifaltes, comenzaron las hostilidades por medio de los francotiradores que se mueven en los bloggs y saltan de facebook a twitter.
Así, en medio de acusaciones contra los directivos del Partido, por una inexistente parcialidad de los organismos electorales, llegamos a la elección de delegados. Contra todos los pronósticos de los voceros oficiosos del gobierno, la votación fue un rotundo éxito, tanto en su organización y orden, como en la cantidad de miembros del Partido que concurrió a las urnas, que superó las más optimistas predicciones.
Pero no todo es <color de rosas>. Si en el aspecto formal del proceso electoral todo lució pulcro e impecable, es del conocimiento público que las diferencias entre las dos más importantes facciones partidarias permanecen intocadas y, sin duda, se agudizarán a medida que nos vayamos acercando al próximo Congreso Nacional.
Estas no son afirmaciones caprichosas, vertidas para crear un clima pesimista, como podrían creer algunos copartidarios desprevenidos, inocentes espectadores de un drama más profundo. La lucha planteada entre el llamado grupo Tocoma y los que se alinean bajo la égida de Juan Carlos Navarro tiene raíces más profundas. Los unos, representantes incoloros de una corriente agotada que se aferran al poder sólo para seguir pelechando los subsidios electorales. Y los otros, una facción de corte "martinellista", mezcolanza extraña de representantes, diputados y alcaldes, que se dicen voceros de las masas populares, que apoyan a un enigmático, caprichoso y obcecado miembro del patriciado panameño, con la demagógica bandera de una fementida renovación de las
consignas torrijistas.
Para ambos sectores, el aparato del Partido es concebido como un mero centro de operaciones, con el que se facilita el logro de los verdaderos objetivos que los anima, todos en beneficio propio, y no de la ciudadanía. Usando palabras prestadas, "el aparato partidario se ha convertido en una suerte de instrumento perfecto para una política pérfida, para ocultar información, controlar a las masas, proteger al político de la justicia y así mismo encubrir negociados. Se dice que el aparato partidista es para los políticos, lo que <la familia>, a los miembros de la mafia."
Convertido el Partido en órgano puramente electorero, nadie se acuerda de presentarle a las bases y al pueblo panameño, una propuesta electoral que contenga como programa mínimo de gobierno, el devolverle a la gente la paz y la tranquilidad, con medidas que frenen la especulación en los precios de los artículos de primera necesidad, con el suministro de agua potable para toda la población, con la instalación de un órgano judicial independiente y probo que garantice que todos los ladrones y atracadores de los fondos públicos serán llevados a los tribunales de justicia, con programas de salud igual para todos, y otras muchas medidas reclamadas por la gente.
En medio de este desconcierto, a nosotros sólo nos queda alertar a nuestros copartidarios, gritando ¡Que viene el Lobo! Aunque parece que el lobo ya está adentro de nuestra casa..
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